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Agustín de Foxá, el ingenio hecho hombre julio 9, 2014

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FOXA--644x362         Agustín de Foxá y Torroba, Conde de Foxá y Marqués de Armendáriz, nació en Leganés, Madrid, el 26 de febrero de 1903. Falangista de primera hora, escritor, periodista y diplomático. Estudió Derecho y en 1930 ingresó en la carrera diplomática y fue destinado a Sofía (Bulgaria) y Bucarest (Rumanía). Posteriormente, también estuvo destinado como Embajador en Inglaterra, Grecia y Francia.

Su camarada y amigo Edgar Neville fue una de sus primeras amistades literarias. Colaboró en revistas como La Gaceta Literaria, Héroe y Mundial, y en la prensa diaria. Su primer libro fue La niña del caracol, editado y prologado por Manuel Altolaguirre, en 1933, con dedicatorias a Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y a Antonio Marichalar Rodríguez Monreal de Codes y San Clemente, Marqués de Montesa. Antes de la Cruzada sólo publicó otro libro: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado.

El Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Madrid, donde acababa de tributársele un homenaje con motivo de haber sido destinado al Consulado de España en Bombay. A la postre marchó a Bucarest como Secretario de Embajada en la Representación Diplomática de la república, desde donde se incorporó a la Zona Nacional. Como diplomático estuvo destinado en Bucarest, Roma, Helsinki, y Buenos Aires. Ingresó en las filas de Falange Española en los años treinta. Recibió el Premio Mariano de Cavia en 1948 y en 1959 fue nombrado Académico de Número de la Real Academia Española en el sillón Z, aunque no llegó a tomar posesión.

Fue un gran amigo de José Antonio Primo de Rivera, e integrante de aquella corte literaria que rodeaba a José Antonio. Estuvo vinculado a la Falange y colaboró, junto a Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena y otros, en la creación y redacción de las estrofas del himno falangista Cara al sol. Fue también cotidiano contertulio en la tertulia literaria “La ballena alegre”, a la que asistían José Antonio Primo de Rivera y destacados falangistas de primera hora.

Trabajó y colaboró en diferentes periódicos y revistas nacionales, como Jerarquía y Vértice junto a intelectuales de la talla de Alfonso García Valdecasas, Pedro Laín Entralgo, Ángel María Pascual, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Eugenio D´Ors, el pintor Sáenz de Tejada, Ernesto Giménez Caballero, José María Pemán, Edgar Neville, José María Castroviejo, Álvaro Cunqueiro, etc.

Fundó Legiones y Falanges, editada desde Roma y donde colaboraron escritores destacados como el crítico y autor teatral Alfredo Marqueríe, Rafael García Serrano, Azorín, Eugenio Montes y, el por entonces joven estudiante, Camilo José Cela.

Foxá cultivó gran número de géneros literarios, destacando en especial su poesía, con libros como: La niña del caracol (1933); El almendro y la espada (1940); Poemas a Italia. Antología poética 1933-1948 (1948); y El gallo y la muerte (1949). También se acercó al teatro, escrito a veces en verso: Cui-Ping-Sing (1940); y El beso a la bella durmiente (1948); aunque también escribió teatro en prosa como el drama Baile en capitanía (1944); o la comedia Gente que pasa (1943), premiada por la Real Academia Española. Destacar que realizó el prólogo al libro de poemas Cristal sobre los aires, de su buena amiga y camarada Sarah Demaris, pseudónimo de la escritora, poetisa, periodista y actriz de la Sección Femenina, Sara Barranco Soro.

El reconocimiento del gran público le llegó con la que es una de las grandes novelas sobre la Cruzada de Liberación Nacional: Madrid, de Corte a checa; y que es considerada una de las mejores novelas de la primera mitad del siglo XX, escrita al calor de los acontecimientos en el Madrid frentepopulista, sobre las mesas del café Novelty de Salamanca, entre 1936 y 1937: novela cuyos componentes líricos son capaces de resumir en una frase impresionista lo que tardaría horas en explicarse. Está narrada a través de los ojos del joven falangista madrileño José Félix, al que autor presta aspectos autobiográficos. Es una rotunda denuncia de la realidad que fue el marxismo en Madrid. De estilo ágil y brillante, con un gran dominio de la metáfora, es también un testimonio histórico impresionante, que fue publicada en 1.938 por Ediciones Jerarquía, y fue probablemente, como hemos visto, la más famosa de las novelas que trataron el tema de los años de la república y de la Cruzada, que además pretendió emular los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, pues era el primer tomo de una serie que el escritor madrileño quería realizar.

Resaltar, igualmente, Misión en Bucarest y otras narraciones, alusiva a su doble juego en Bucarest al principio de la Guerra de Liberación Nacional. Se perdió, desgraciadamente, el manuscrito de otra de sus obras sobre la Guerra Civil: Salamanca, Cuartel General. Las Obras completas de Agustín de Foxá fueron publicadas en Madrid por Prensa Española, entre los años 1963 y 1964.

Foxá era una persona muy ingeniosa, de gran inteligencia y sentido del humor. Estaba casado con una mujer bellísima que llamaba ciertamente la atención. Pero ya sabemos que la envidia es el pecado nacional por excelencia, y se empezó a comentar que su mujer le engañaba. Cierto día, ya harto de esos chismes, dijo: “prefiero una maravilla para dos que una mierda para mí sólo”.

Prolífico en el cultivo de diversos géneros, destacó sobremanera como conversador de altos vuelos. Fue, entre otras cosas, un insigne escritor oral. La fama de su calidad expresiva de viva voz llegó al extremo de que era suficiente que cualquier anfitrión al invitar a sus comensales pronunciara el “viene Foxá” para garantizarse plena asistencia.

Durante su paso por Italia tuvo ocasión de asistir a la histórica entrevista de Franco con Mussolini que tuvo lugar en Bordighera. Allí fue testigo del argumento que el Caudillo esgrimió ante el Duce, mediante el cual afirmaba la negativa a sumarse a la causa del Eje. La base argumental la desarrolló Franco mostrando a Mussolini un pan negro habitual en el consumo de los españoles de aquellos años. Le dijo que generalmente las guerras comenzaban comiendo pan blanco y terminaban comiendo pan como el que le enseñaba. Con ello quería Franco hacer hincapié en la imposibilidad de que, comenzando por lo que debía ser el final, un país como España entrara en la guerra. Además de Roma dejó estela de su paso por Bucarest, Helsinki, Montevideo, Buenos Aires, La Habana y una luz efímera en Manila de donde abatido por la enfermedad tuvo que ser trasladado a Madrid para vivir sus últimos días.

Los meses transcurridos en la capital finlandesa alcanzaron notoriedad debido al éxito alcanzado por la obra de “Curzio Malaparte Kaputt”. La arrogancia de este condotiero de la pluma le llevó a decir años después de la publicación de esta obra, modelo dentro de la literatura de escándalo, refiriéndose a Foxá: “el conde Agustín de Foxá, a quien hice célebre con Kaputt…”. Lo cierto es que junto con Himmler, Isabel Colonna o la princesa Luisa de Prusia, Foxá es una de las figuras destacadas del libro pero, por otra parte, brillaba con luz propia, proponiéndoselo o espontáneamente.

Una excursión desde Buenos Aires, donde estuvo destinado, le llevó al altiplano boliviano, y como contagiado por el efecto alucinógeno de la coca que mastican los indios como remedio infalible para combatir el soroche o mal de altura, dejó esta pincelada ilustrativa de toda una cultura: “Fui a Bolivia, donde las indias van vestidas de lagarteranas pero con bombín de Charlot y pendientes de diamantes entre sus trenzas. Llevan siete sayas de diferentes colores y, cuando bailan, se irisan entre las llamas de ojos de mujer y caderas tan voluptuosas que obligarían a dictar una disposición a los Virreyes prohibiendo a los indios pastores del altiplano conducirlas si no iban bien acompañados de sus mujeres. Así nació el pecado nefando que no mereció la anatema de la Biblia porque Jehová nunca vino a América…”.

Acerca de Foxá una conspiración de silencio ha pretendido ocultarlo a la curiosidad de cuantos puedan tener interés por conocer a los auténticos valores de la literatura española del siglo XX. Ha sido obra de la inteligencia encargada de expender pasaporte de progresía con criterios dignos de los mejores tiempos del estalinismo.

Se atribuye a Baroja la afirmación de que “la intransigencia de los liberales y de los que en España se llaman avanzados” ha instalado una alcabala para cobrar peaje a los señalados como conservadores, fascistas, reaccionarios y otras caprichosas lindezas.

Muchas frases y ocurrencias suyas fueron muy celebradas en su tiempo. A César González Ruano le contaba cómo fueron los milicianos rojos a detenerle después del 18 de julio de 1.936: “Me salvé de milagro. Enseñé el pasaporte diplomático de Cónsul de España en Bombay. Creyeron aquellos tipejos que Bombay era mi sede habitual y que ejercía de Cónsul en España. Uno dijo: “Bueno, vámonos, de poco nos cargamos a un indio’, los muy ignorantes…”

Al decretar las Naciones Unidas el aislamiento a España, en vísperas de Postdam, comentó: “Vais a ver la patada que le dan a Franco en nuestras posaderas”. Igualmente, en julio de 1.945, en el relevo en el Ministerio de Asuntos Exteriores de José Félix de Lequerica Erquiza por Alberto Martín Artajo, éste le pidió su casaca de Ministro a su predecesor por no tener él una para la Jura, ante lo cual afirmó Foxá: “He visto muchas veces cambiar a un Ministro de chaqueta, pero nunca hasta hoy a una chaqueta cambiar de ministro”. Y siguiendo con este tema, cierto día le dijo a un diplomático que se había marchado siendo Ministro Ramón Serrano Suñer, y volvió cuando lo era el citado Alberto Martín Artajo, que era de la “Santa Casa” o de Acción Católica, de la que llegó a ser Presidente: “Antes, al entrar al despacho del Ministro, se gritaba ‘¡Arriba España’! En cambio, ahora hay que decir ‘Ave María Purísima’”.

Al Embajador de Gran Bretaña le espetó cierta vez: “Los españoles están dispuestos a morir por la dama de sus pensamientos o por un punto de honra, pero morir por la democracia les parece tan tonto como morir por el sistema métrico decimal…”

Célebre también fue su respuesta a la esposa de un diplomático hispanoamericano que durante una comida oficial no cesaba de despotricar contra España y el Descubrimiento y Conquista de América: “Pues mire, o desciende usted de españoles o todavía se le notan las plumas de sus antecesores en la cabeza.”

Otro día estaban algunos dando largas explicaciones técnicas a un diplomático hispanoamericano sobre los pactos de España con los Estados Unidos y con el Vaticano, y él se lo resumió de esta forma: “Se trata de que los españoles hemos conseguido para cada uno 10 dólares y 3 días de indulgencia.” Y hablando de Hispanoamérica, en un teatro de un país hermano, durante un recital, el público comenzó a tirar huevos podridos. Agustín de Foxá, sin inmutarse, oliendo los restos de uno de esos huevos podridos que se había estrellado en su esmoquin, dijo en alta voz: “¡Los que tiraron ayer estaban mucho más frescos!”

Estando en Cuba, comentó: “Estoy contentísimo en Cuba, ya que soy ingenioso y Cuba es la única nación del mundo donde un “ingenio” puede hacer rico a un hombre”. Hay que aclarar que en Cuba se llama “ingenios” a los cañamerales, es decir, a las fincas donde se cultiva la caña de azúcar. En una tertulia de La Habana, se hacían algunos comentarios irónicos sobre España. El que dirigía la conversación era un gran industrial azucarero de Cuba, persona de las más influyentes de La Habana. Súbitamente, lanzó Foxá la tremenda andanada: “Para presumir de genio y para hablar mal de España hay que tener mucho ingenio y el suyo… sólo es de caña”.

Foxá solía ir a cuerpo en invierno, y cuando le preguntaron si no tenía abrigo, contestó: “Tengo dinero para tener un abrigo, pero no para mantenerlo”, refiriéndose a los gastos de tinte, guardarropa, etc…

Muchas frases suyas fueron muy celebradas. Podemos recordar algunas:
-“Los hombres en España hablan de toros, de mujeres y de cosas de afeitarse”.
-“He recorrido en avión toda la lengua española y puedo asegurar que en nuestra Gramática no se pone el sol”.
-“Los rascacielos son el gótico de nuestro tiempo”.
-“Roma nos trajo el árbol ya preso en la columna, sometida el agua salvaje al acueducto y el grito al alfabeto…”

A César González Ruano le comentó: “La cultura es un refugio algo pesado, pero cómodo e impune”. Muy famosa fue su definición de la Falange: “La Falange es una hija adulterina de Carlos Marx y de Isabel la Católica”, haciendo referencia a la amalgama de la avanzada Justicia Social que preconizaba junto a los valores que representaba la Reina y que hacía suyos la Falange. Sobre su poesía destacaremos, por ejemplo, que Rafael Sánchez Mazas opinaba que uno de sus versos era de los mejores de la poesía del siglo XX. Es el siguiente: “Con un olor de parque dormido entre las ruedas”. Poco antes de morir dejó escrito:

“Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
Llevarme el sol ni el cielo en mi mortaja;
Que he de bajar, ¡Yo solo! Hasta el abismo
Y que la Luna brillará lo mismo
¡Y yo no la veré desde mi caja!”

Quizás su última frase ingeniosa conocida la pronunció al descender en camilla del avión que le traía de Manila a Madrid, con un cáncer terminal. Le dijo al guionista José Vicente Puente: “Ya ves. Llega el último de Filipinas”. Vivió antes de la Cruzada de Liberación Nacional en la calle Atocha de Madrid, y después de la contienda en la calle Ibiza, número 1, enfrente del parque del Retiro, perpendicular a la calle Menéndez Pelayo, donde murió en 1959. Y en esa misma casa vivió también el escritor falangista Ángel Alcázar de Velasco, primer Palma de Plata de la Falange de Madrid. Falleció en Madrid el 30 de junio de 1959.

Artículo de la sección “Negro sobre blanco”.  PPG – FNFF

JOSÉ ANTONIO: EL AMIGO

 diciembre 7, 2012

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José Antonio solía decirnos: “A mí lo que me gustaría verdaderamente sería estudiar Derecho Civil e ir a la caída de la tarde a un café o a Puerta de Hierro a charlar con unos amigos.”
Toda su vida -heroica, abnegada, llena de fantasía y de ímpetu- estaba impregnada de esta nostalgia un poco entre burguesa y literaria, del trabajo metódico y de la charla íntima.
Se daba cuenta, sin embargo, de que estaba marcado ya por el destino, de que ya no era posible retroceder, de que tenía que renunciar a todo.
Y esta pesadumbre amarga de su responsabilidad, era la que ponía melancolía en su mirada.
¡Tragedias de las vidas hermosas y arriesgadas! El hombre vulgar, que lee estas vidas al amor de la chimenea encendida, rodeado de sus hijos, o degustando el coñac con los buenos amigos, ignora, seguramente, que el gran hombre a quien envidia hubiera sido también feliz con esa vida sencilla y que si quedó solo, en la intemperie de la noche y de los combates, fue rasgándose el corazón.
Porque hay que escoger entre la obra y la felicidad. Y José Antonio optó por la primera. A todos nos gustaría conquistar el Perú, pero a condición de poderlo contar aquella misma noche a los amigos.
Porque José Antonio era un amigo magnífico, lleno de humor, de imaginación, de ironía, de frases; cogía una conversación a ras del suelo y la elevaba, sin pedantería, hasta las nubes.
A veces era algo arbitrario y un poco cruel, pero razonaba enseguida con desbordante generosidad.
¡Lo he conocido en tantos sitios y en el mismo lugar a horas tan diferentes!
“Nunca hemos estado aquí -me decía una vez en la tasca-, porque ayer estuvimos de noche y hoy entramos por la mañana. El tiempo debe tener la misma categoría que el espacio. Se está en otro sitio, aunque sea el mismo, cuando en él se penetra a la hora diferente.”
Le gustaban mucho estas sutilezas y juegos de espíritu.
Yo lo recuerdo en ” La ballena Alegre “, debajo de los cetáceos azules, en caricatura, con su copa de anís en la mano, hablando del tamaño de la luna, de literaturas exóticas, de Florencia, de cacerías.
Y en las medioevales cenas de Carlomagno, mundano, de smoking, entre las velas encendidas del Hotel de París, redactando un telegrama de invitación al alcalde de Aquisgram, paladeando con citas de Plinio una sopa de tortuga.
Frecuentaba los salones; lo recuerdo bajo las pantallas verdes y el óleo de la duquesa Leticia. Allí leíamos comedias, versos. José Antonio hablaba agudamente de política. Aunque no eran aquellos sus temas preferidos. Describía los partidos centristas.
“Quieren hacer en frío lo que nosotros hacemos en caliente. Son como la leche esterilizada, no tienen microbios, pero tampoco vitaminas.”
Tenía una gran vocación literaria y se ufanaba de los cinco capítulos de una novela suya que no terminaría nunca.
A veces, en el seno de la confianza, nos leía sus trabajos. No olvido su alegría cuando nos leyó la carta que dirigió a Ortega Gasset, ecuánime, noble, lleno de admiración hacia el viejo Maestro.
“Cuando vea el desfile de nuestras Falanges, don José tendrá que exclamar: ¡Esto es, esto es!”
Y luego las excursiones, tenía un auto pequeño que él mismo conducía y huíamos del Madrid plebeyo, dominguero, lleno de humos, de nieblas, de cigarros, de cines, de grises muchedumbres vomitadas por el metro, de cafés, de arrastres de pies, de ciegos con bandurrias, de vendedores de loterías o piedras para los mecheros.
El no amaba el tipismo cochambroso, galdosiano, de la vieja España.
José Antonio con sus amigos se iba  los domingos al campo y a las viejas ciudades.
¡Lluvia triste del canalón de la Catedral de Sigüenza, hecha espuma sucia, en la boca diabólica de Gárgola! El coche José Antonio corre por los fríos descampados de la meseta de Barahona, donde el vuelo aviador de las avutardas, da origen a leyendas de brujas, atisbadas desde las campanas de la Catedral.
Allí hay un viento marinero que nace de las salinas y penetra en las iglesias. Altares de Puerto de Mar como los de la Catedral de Palma.
En el hotel comemos con José Antonio unas codornices de trigal y surco, engrasadas por un tocino de rubia corteza.
A José Antonio le gustaban los buenos platos, el vino de la tierra y las conversaciones. Él no quería una España triste y aburrida. Decía en broma: “Queremos una España faldi-corta.”
Al fin de la comida se acercó a nuestra mesa el camarero. Nos dice que unos muchachos quieren saludar al jefe. Son muy pocos. Quince o veinte. Los únicos falangistas de Sigüenza. José Antonio se frota infantilmente las manos; exclama dándonos palmadas en los hombros:
“Ya empezamos a ser conocidos.”
Luego paseamos bajo la lluvia. Un camarada mantiene el paraguas abierto sobre su cabeza. Son los días de la guerra de Etiopía. Le decimos en broma. “Pareces el Negus.” Se ríe.
Entramos en la Catedral. Rafael ha inventado una teoría con el sepulcral doncel de alabastro, que lee su  libro de piedra a la luz de las vidrieras. José Antonio la amplifica.
“El doncel fue un falangista del siglo XV. Un señorito que dejó de jugar a la pelota en las paredes del palacio de su pariente el Obispo para irse a la guerra de Granada y morir ahogado entre las huertas.”
Rafael añade:
“Se fue con los hombres del pueblo, con los toscos y sencillos guerreros que bajaban de Soria, todavía vestidos de lana.”
Y José Antonio propone que la Falange de Sigüenza lleve la imagen del doncel sobre su bandera.
Yo, desde estas líneas, suplico a nuestro Jefe Nacional y a Raimundo Fernández-Cuesta, que sea realidad aquel deseo.
Volvemos en un vagón de tercera. Nos despiden, brazo en alto -¿Qué fue de ellos durante los meses del dominio marxista?”, los Falangistas de Sigüenza.
Otro día vamos a Toledo. Ya hemos visitado las acartonadas momias de Illescas, y hemos contemplado los amarillos de tormenta de los apóstoles del Greco. Bajamos a comer unas perdices a la venta del aire. En la sobremesa hablamos del valor.
“Mi hermano Fernando -nos dice- es el más valiente de la familia.”
Le interrumpo:
“Tú también lo eres.”
No responde, con amistosa timidez:
“¡BAH!; es cuestión de la adrenalina; yo tengo una reacción lenta.”
Así, él tan espiritualista, disfrazaba elegantemente con pura fisiología, su impresionante valentía.
Llegó un crepúsculo frío y rosa, sobre el oro fúnebre de los girasoles de la vega, donde está el Cristo del brazo desclavado.
Arriba, puntiagudo, El Alcázar; abajo, José Antonio. No imaginábamos sus amigos que estábamos contemplando a las dos víctimas más altas de futura guerra civil. Que las consignas y los sueños de aquella cabeza endurecían, aquellas viejas piedras, hasta hacerlas invencibles.
Otra tarde fuimos a La Granja. Leímos versos en un bello jardín, bajo unas velas encristaladas, que daban cita todas las mariposas de los pinares; allí recitó un joven poeta entonces desconocido.
En auto marchamos bajo la luna a contemplar el Alcázar. Se le caló el motor. Le dijimos en broma.
“Cuando triunfes no te podremos llamar “Duce” o “Conductor”, porque lo haces bastante mal.”
“En efecto; no es mi fuerte.”
Daba la luna en las torres de pizarra; a nuestros pies el río y el fresco frutal de los árboles. Parecía el Alcázar un dibujo de Gustavo Doré.
José Antonio, ganado por el ambiente, traicionó sus tendencias clásicas.
“En el fondo, esto es lo nuestro; el Partenón está demasiado lejos; es simplemente arqueología.” A la vuelta a Madrid se iba durmiendo sobre el volante. Se golpeaba la frente. Fue un verdadero suplicio. Al llegar a Rosales, me dijo:
“Por nada del mundo volvería ahora a la Granja.”
Le respondí:
“¿Ni por un millón de pesetas? ¿Ni por un gran amor?”
“Ni por eso.”
“¿Por el triunfo de la Falange?”
Afirmó rotundo:
“Por eso sí; ahora mismo.”
Y así, bajo las encinas monásticas del Pardo, y otra tarde junto a la piscina en piedra labrada de don Álvaro de Luna, en Cadalso de los Vidrios, y en el atardecer, con olor a césped regado, del polo de Puerta de Hierro y en la barra de Bakanik antes de cenar.
Algunos le criticaban esto último y él protestaba:
“Un obrero después del trabajo puede irse con sus amigos a una taberna, y a mí me critican porque voy con los míos a un bar.”
No es posible encerrar en un artículo todas las sugerencias, las frases certeras, las metáforas, con que José Antonio nos regalaba en la intimidad.
Yo sólo sé que los conceptos más fundamentales de mi vida sobre la Patria, la Religión, el amor, la literatura o el matrimonio, a él se los debo. Que mejoró mi espíritu, lo maduró y me salvó del peligro de las tertulias derrotistas y sovietizantes, que nos acechaban. Por ello mi agradecimiento entrañable.
José Antonio, sin proponérselo, convertía a sus amigos en discípulos suyos. Yo, antes que falangista, fui amigo de José Antonio; y ya sé que para los teóricos puros, para los que ponen a la razón y la doctrina por encima de todo, esto constituirá un reproche.
Pero no es mal camino para llegar a la verdad, este de la amistad y afecto; yo lo prefiero.
José Antonio no olvidó nunca a sus amigos. En la soledad de su celda de Alicante, rodeado por un mar de odio, tuvo el pulso sereno para escribir las cartas llenas de serena conformidad y aliento.
Nosotros no lo olvidaremos nunca. Pasarán los años; cambiarán las ideas, es posible que haya nuevas fórmulas políticas. Pero yo guardo avaramente, para mi vejez, estas palabras que me llenan de orgullo y que nadie podrá arrebatarme:

“Yo fui amigo de José Antonio.”

POR AGUSTÍN DE FOXÁ

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 217 a 220.

 

HOMENAJE A AGUSTÍN DE FOXÁ EN SEVILLA septiembre 24, 2009

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HOMENAJE A AGUSTÍN DE FOXÁ EN SEVILLA

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El próximo día 6 de octubre se celebrará un homenaje a Agustín de Foxá en Sevilla. Este escritor, símbolo de este blog, recibirá dicho homenaje organizado por las asociaciones culturales Alfonso X y ADEMAN. La cita será a las 20.00 horas en el Centro Cívico “El Tejar del Mellizo” sito en la calle Santa Fé.

AGUSTÍN DE FOXÁ

Sus primeros versos los publicó en De todo un poco, revista del Colegio del Pilar. Estudió Derecho en su ciudad natal; en 1930 ingresó en la carrera diplomática y fue destinado a Sofía y Bucarest. Su colega Edgar Neville fue una de sus primeras amistades literarias. Colaboró en revistas como La Gaceta Literaria, Héroe y Mundial, y en la prensa diaria (en ABC desde 1930). Su primer libro, La niña del caracol (Madrid, 1933), con dedicatorias a Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y Marichalar, fue editado y prologado por Manuel Altolaguirre; mezcla elementos del Modernismo con otros procedentes de las Vanguardias y el 27. Antes de la guerra sólo publicó otro libro, El toro, la muerte y el agua (Madrid: Imprenta de Galo Sáez, 1936), con prólogo de Manuel Machado. La Guerra Civil le encontró en Madrid, donde acababa de tributársele un homenaje con motivo de haber sido destinado al Consulado de España en Bombay. A la postre marchó a Bucarest como Secretario de Embajada en la Representación Diplomática de la República, desde donde, tras unos meses de doble juego, se incorporó a la Zona Nacional. Como diplomático estuvo destinado en Bucarest, Roma, Helsinki y Buenos Aires, en donde obtuvo un profundo conocimiento de la realidad española e internacional. Ingresó en las filas falangistas en la turbulencia de los años treinta. Dio numerosas conferencias por Hispanoamérica, donde a veces encontró la oposición de los exiliados republicanos. Recibió el premio Mariano de Cavia en 1948 y en 1959 fue nombrado académico de número de la RAE en el sillón Z, aunque no llegó a tomar posesión.

Foxá cultivó gran número de géneros literarios, destacando en especial su poesía, con libros como La niña del caracol (1933), El toro, la muerte y el agua (1936), El almendro y la espada (1940), Poemas a Italia, Antología poética 1933-1948 (1948), El gallo y la muerte (1949). También se acercó al teatro, escrito a veces en verso (Cui-Ping-Sing (1940), El beso a la bella durmiente), aunque también escribió teatro en prosa como el drama Baile en capitanía (1944) o la comedia Gente que pasa, premiada por la Real Academia Española. Sin embargo, el reconocimiento del gran público le llegó precisamente con la que es una de las grandes novelas sobre la Guerra Civil Madrid, de Corte a checa (Salamanca: Jerarquía, 1938; segunda edición corregida y aumentada San Sebastián: Librería Internacional, 1938), escrita al calor de los acontecimientos en su mayor parte sobre las mesas el café Novelty de Salamanca, entre 1936 y 1937. La novela empieza con una trifulca en el Ateneo, en vísperas de las elecciones municipales de abril de 1931, y concluye cuando el protagonista, José Félix, y su amada, Pilar, consiguen escapar del Madrid rojo. Se inscribe abiertamente en la tradición de los Episodios Nacionales de Galdós, que Foxá pretendía continuar aunque desistió de ello tras esta novela, cuyos componentes líricos son capaces de resumir en una frase impresionista lo que tardaría horas en explicarse, y una muy marcada imitación del estilo valleinclanesco, en especial en la primera parte de las tres que consta, subtitulada «Flores de Lis». Está narrada a través de los ojos del joven falangista madrileño José Félix, al que el autor presta aspectos autobiográficos.

En la primera parte, «Flores de lis», se narra la desaparición de la monarquía tras las elecciones municipales de 1931, ante la previa desidia y frivolidad de los que se supone deberían haber sido sus más acérrimos defensores.

La segunda parte, «Himno de Riego», se inicia con la proclamación de la república, esperanza de muchos y pesadilla para otros. Las familias distinguidas alargan sus veraneos en su «exilio» de la costa vasca francesa a la espera de acontecimientos que aclaren la situación del país.

La tercera parte, «Hoz y martillo», es la más estremecedora. Transcurre durante los años 1936 y 1937; se narran los avatares de los distintos personajes, envueltos en la sinrazón de una ciudad irreconocible, Madrid, en la que la violencia y la barbarie campan por sus respetos.

En la novela hay retratos de políticos y de escritores como Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna) y alusiones al cine de Luis Buñuel, las caricaturas de Luis Bagaría y la pintura de Manuel Ángeles Ortiz. Póstumamente siguió la continuación de la saga, Misión en Bucarest y otras narraciones Prensa Española, 1965), alusiva a su doble juego en Bucarest al principio de la Guerra Civil. Se perdió, en cambio, el manuscrito del tercer volumen de la serie, Salamanca, cuartel general. Las Obras completas de Agustín de Foxá fueron publicadas en Madrid por Prensa Española, entre los años 1963 y 1964.

50 AÑOS SIN AGUSTÍN DE FOXÁ julio 13, 2009

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deFoxaJorge Álvarez.- Nacido en Oviedo en 1960. Licenciado en Derecho y Experto en Comunicación Audiovisual. En la actualidad es Secretario Nacional de Acción Política y Comunicación del Frente Nacional.

“50 AÑOS SIN AGUSTÍN DE FOXÁ.”

El pasado 30 de Junio se han cumplido 50 años del fallecimiento de Agustín de Foxá, uno de los mayores genios de la literatura española del pasado siglo y uno de los más injustamente arrinconados por la cobardía moral de la derecha y por el sectarismo de la intelectualidad “progre”.

Agustín de Foxá, abogado y diplomático, miembro de la Real Academia, fue sobre todo un escritor que cultivó con maestría la narrativa y la poesía además de, como periodista, escribir centenares de artículos para el diario ABC entre 1931 y 1957. Hace un par de años tuve la suerte de que me regalasen tres tomos de sus obras completas editadas por Prensa Española entre la década de los sesenta y principios de los setenta. Creo que no existe una reedición, aunque es posible encontrar estos magníficos volúmenes en librerías de viejo. También creo que Prensa Española preparaba un cuarto tomo, ya por la época de la transición, que no sé aún si llegó a ver la luz.

Yo ya había leído una reedición que hizo el diario El Mundo de la genial novela Madrid de corte a checa. Sin embargo, confieso que no conocía casi nada de su prolífica obra como articulista. Leyendo sus artículos de ABC disfruté, aprendí, me reí con sus ácidos e ingeniosos comentarios, me emocioné con sus momentos poéticos y reflexioné con muchas de sus críticas certeras de un mundo que cada vez le gustaba menos. Una de las cosas que más me llamó la atención fue su visión de futuro. En los años cincuenta ya anunciaba el mundo materialista, deshumanizado y global que hoy tenemos. Ya entonces era consciente del triunfo de la cultura anglosajona calvinista y de su imposición a nivel planetario.

Como homenaje a este gran intelectual español rescato para quienes tengan interés, uno de sus muchos artículos aparecido en ABC. Cuando lo lean piensen que está escrito en 1950 y que aún no existía la televisión como medio de comunicación de masas. Se trata de un análisis sencillamente magistral. Que lo disfruten.

PUEBLOS QUE HABLAN POCO

Los pueblos del Norte apenas hablan. El frío y la nieve les tapa la boca. En Inglaterra las conversaciones más interesantes están prohibidas. Es de mal gusto hablar de muertos, de amor, de religión. Es decir de los tres temas más importantes del Hombre. El diálogo queda reducido al deporte y a los perros.

Cuando el gran Livingstone, perdido en África, es hallado, después de inmensas dificultades por el explorador americano Stanley, éste, sin abrir los brazos ni dar un grito, ni palmotearle en el hombre, estrecha su mano correctamente como si acabara de encontrarlo en el Club y le dice, al ver que es el único blanco entre los cientos de negros que le rodean: -¿El señor Livingstone?; supongo.

La costumbre anglosajona de tener que “estar presentado” para poder hablarse hace imposible los infinitos diálogos que florecen en los vagones de nuestros trenes, en las antesalas de nuestros médicos y dentistas, en el tendido de los toros, o en los entreactos del teatro.

Los norteamericanos, aunque herederos en muchos aspectos de los ingleses, son menos lacónicos. Pero tampoco dialoga mucho. Cada mañana reciben, con el periódico, la consigna de lo que deben opinar. Un año los “malos serán los nazis; otro, los rusos”.

Esta ausencia de espíritu crítico hace posible, en esos países, el funcionamiento de la democracia.

En nuestros pueblos latinos, en donde en el Ateneo se pone a votación la existencia de Dios (quien gana por un pequeño margen) y donde nuestros estrategas de café toman el terrón de azúcar que representa Stalingrado con una cucharilla que es el ejército de Vorochilof y un palillo de dientes que representa a Von Paulus, la democracia, pura y simple, es casi imposible.

Actualmente en Miami, en Palm Beach, en toda la costa de la Florida, se ha generalizado la costumbre de ir a la playa con un pequeño aparato de radio. Los nadadores, las hermosas bañistas se contemplan sin casi dirigirse la palabra. Un movimiento en el “dial” cambia el tema de una conversación pronunciada por una invisible garganta.

El hombre común, el moderno, el hombre del futuro, lleva una vida que hace imposible el diálogo. Vive a las afueras de la gran metrópoli; tiene que levantarse a las cinco de la mañana, desayunar a toda prisa, tomar su automóvil y rápidamente llegar a la estación para poder coger el tren que lleva a la ciudad. Allí, un taxi le conduce a la oficina. Le es preciso almorzar de pie unos bocadillos, o mal sentado en el taburete de un bar, sin tertulia y con servilletas de papel. Cuando, realizando la complicada operación del taxi, el tren y el coche propio vuelve a su casa, está rendido. Entonces conecta la radio. La radio es la tertulia familiar, la sobremesa; las noticias del día; las buenas noches. La radio dice las palabras y comentarios que no tuvo con su esposa. La radio sustituye a los amigos. Ella, algunas noches, congrega a los hijos. Es la nueva abuela mecánica, no en torno a la chimenea, sino junto a la nevera.

La radio está acabando con el diálogo de los hombres; habla por ellos. Llega a la cabaña solitaria del pastor de los Andes y le canta unas sevillanas o una canción habanera; zumba en el motor de nuestro automóvil y como el tábano de las antiguas cabalgaduras no se despega de él, a pesar de la velocidad. Nos dicta, implacable, sus anuncios las noches de luna.

La muerte del diálogo trae consigo la del amor, la del matrimonio, la de la amistad. Esa maravilla de ir descubriendo un alma, como un continente desconocido, es un placer que nos está vedado.

En el mundo moderno Anglosajón, por falta del diálogo ya se ha perdido el almuerzo, y la misma cena está muy amenazada.

Sin chistes, sin charla, sin risotadas, sin conversación, ¿para qué los platos delicados, las venerables recetas de cocina? ¿Para qué los alegres vinos y las azules angulas matadas con tabaco cubano, o los burgaleses corderos de dos madres, o los pavos cebados con nueces, que brindan con una copa de champán antes del sacrificio, para dar sabor a su carne?

Para las gentes que no aman conversar, basta con entrar a una farmacia (que es donde se expenden) y pedir alguna de esas variedades de “sandwich” que, para no perder el tiempo, están ya previamente numerados. -Deme el número dos. O el cinco.

El almuerzo dura unos minutos. Tal vez por eso han inventado el chicle, para suplir ese déficit de masticación de sus mandíbulas.

Los “slogans” políticos, las consignas, los anuncios han fabricado una especie de comprimidos mentales, un criterio en píldoras, que evita toda reflexión. “Vacaciones sin Kodak”, “Telón de acero”, “La quinta columna”, “Las fuerzas del mal”, “Por la libertad y la democracia”, etc, etc.

El escaso diálogo que aún sobrevive, carece de saltos imaginativos, de sorpresas, de emboscadas, de agresión. Ya no es un alegre esgrima del espíritu. Los floretes están cubiertos de herrumbre.

Cuando nos invitan a una reunión, ya sabemos, de antemano, lo que nos van a preguntar. Y lo que es más grave, lo que tenemos que responder. Podríamos llevar un disco de gramófono que hablase por nosotros, mientras nos dedicábamos a pensar en otras cosas. Una cultura es materialista o espiritualista, según predomine en ella el ojo o el oído. La vista es materialista.

El “ver para creer” de Santo Tomás es mucho más peligroso que la negación de Pedro. El oído es espiritual. Escucha; es decir, tiene vida interior. Porque no ve, imagina, sueña.

El ciego es dulce y está lleno de espíritu. El sordo, generalmente, es malhumorado, egoísta. A las mujeres idealistas se las gana por el oído. Una mujer sin espíritu nunca se enamorará de Cyrano porque está viendo la largura de su nariz y no escucha su madrigal.

Nuestra civilización es óptica. El ojo es nuestro protagonista, se le ha agrandado hacia arriba con el telescopio y hacia abajo con el microscopio.

El teatro de nuestras muchedumbres, es decir, el cinematógrafo, es visual, no auditivo. El diálogo es lo de menos; lo que importa es la acción, el argumento. Una conversación en el celuloide no resiste más de tres minutos. Los diálogos se contratan aparte. Y se paga poco por ellos. En el reparto el “dialoguista” viene detrás del ingeniero del sonido, entre el decorador y el encargado del maquillaje. Se ha llegado a lo monstruoso; a poner diálogos españoles en bocas que se mueven con la fonética inglesa. Se ha desligado el diálogo del gesto. Es una mercancía más; no depende de la boca, de los ojos, de la expresión. Caras eslavas, voces de Castilla.

La Humanidad, al olvidarse de hablar, dejará también de pensar; perderá todo espíritu. Eso irá ganando el feroz Estado mundial que nos amenaza para el porvenir. La propaganda sistemática, dirigida por técnicos y psicólogos, va idiotizando insensiblemente a la Humanidad. Se está socializando la estupidez. Pronto habrá “detectores del pensamiento”. Todos los cerebros serán como de cristal, transparentes. El mayor delito será el del Yo. El peor crimen, la personalidad. Y una férrea minoría dirigente gobernará, tranquila y tediosamente, sobre un triste universo de sordomudos.

Agustín de Foxá.

Diario ABC.

10 de Diciembre de 1950.

MELANCOLÍA DEL DESAPARECER junio 15, 2009

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in memoriam

MELANCOLÍA DEL DESAPARECER

Y pensar que después que yo me muera 
aún surgirán mañanas luminosas, 
que bajo un cielo azul, la primavera, 
indiferente a mi mansión postrera, 
encarnará en la seda de las rosas. 

Y pensar que desnuda, azul, lasciva, 
sobre mis huesos danzará la vida, 
y que habrá nuevos cielos de escarlata 
bañados por la luz del sol poniente, 
y noches llenas de esa luz de plata, 
que inundaban mi vieja serenata 
cuando aún cantaba Dios bajo mi frente. 

Y pensar que no puedo en mi egoísmo 
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; 
que he de marchar yo solo, hacia el abismo, 
y que la luna brillará lo mismo, 
y ya no la veré desde mi caja.

Agustín de Foxá